Tuvalu, un pequeño país insular del Pacífico con solo 26 km² de superficie, enfrenta una amenaza existencial: el avance implacable del cambio climático.
De los nueve atolones que componen esta nación, dos ya han desaparecido bajo las aguas, marcando el inicio de una crisis sin precedentes.
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Naciones como Tuvalu ya no luchan por adaptarse, sino por sobrevivir.
Según proyecciones científicas, Tuvalu podría estar completamente sumergido para 2050, cuando gran parte de su territorio quedaría por debajo del nivel de la marea alta actual.
Ante esta realidad devastadora, la migración climática ya es una urgencia. En un acuerdo histórico con Australia, Tuvalu ha comenzado a emitir los primeros visados del mundo para refugiados climáticos.
Este programa, pionero a nivel global, permitirá que 280 personas por año se trasladen al país vecino para vivir, estudiar y trabajar.
Sin embargo, la necesidad supera con creces la capacidad: el 80% de los 11 mil habitantes de Tuvalu ya ha solicitado su lugar en este sorteo vital.
La Corte Internacional de Justicia, aunque sin poder legal vinculante, ha enviado un claro mensaje: los Estados tienen la obligación de combatir el cambio climático.
Un pronunciamiento que trae esperanza para naciones como Tuvalu, que ya no luchan por adaptarse, sino por sobrevivir.
El canciller de Tuvalu, Simon Kofe, lo expresó gráficamente durante la Cumbre del Clima de Glasgow en 2021, cuando apareció con el agua hasta las rodillas para denunciar la desaparición de su patria.
Tuvalu no es solo un caso aislado, es la antesala de un fenómeno global. Su tragedia marca el inicio visible de una nueva era: la de los refugiados del clima.
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