La capital afgana, Kabul, enfrenta una crisis sin precedentes que amenaza con convertirla en la primera ciudad moderna en quedarse sin agua potable.
Según un informe de la organización Mercy Corps, la metrópoli extrae anualmente 44 millones de metros cúbicos más de agua subterránea de lo que la naturaleza puede reponer, una sobreexplotación que está llevando a la urbe al borde del colapso.
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Kabul podría quedarse sin agua subterránea en 2030.
La vida diaria de los habitantes refleja la gravedad de la situación. Raheela, madre de cuatro hijos, corre cada mañana con baldes para alcanzar el agua que reparten los camiones cisterna.
Cada litro es caro y obliga a las familias a elegir entre hidratarse o alimentarse. “No tenemos acceso a agua potable en absoluto”, relata.
El crecimiento demográfico, la crisis climática y la mala gestión han agotado los pozos: casi la mitad ya están secos. La falta de nieve en las montañas Hindu Kush, vital para la recarga de acuíferos, ha empeorado el panorama.
UNICEF advierte que, de continuar esta tendencia, Kabul podría quedarse sin agua subterránea en 2030.
La situación no solo es ambiental, sino también sanitaria y humanitaria. El 80 % de las aguas subterráneas está contaminada, lo que provoca diarreas y enfermedades constantes en la población.
Niños que deberían estar en la escuela pasan horas cargando cubos, mientras las mujeres arriesgan su seguridad recorriendo largas distancias para conseguir agua.
La crisis se agrava con la inestabilidad política. Desde el regreso de los talibanes en 2021 y la suspensión de gran parte de la ayuda internacional, los fondos destinados a agua y saneamiento son insuficientes: apenas 8 millones de los 264 millones de dólares requeridos en 2025 han sido entregados.
Para miles de familias, como la de Raheela, la incertidumbre crece: “No sé cuánto tiempo más podremos sobrevivir aquí. Tal vez tengamos que huir otra vez”.
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