En las playas ardientes del río Mamoré, en la Amazonia boliviana, pequeñas líneas sobre la arena delatan un ritual milenario: el arrastre de la tataruga en busca del lugar perfecto para desovar.
Este espectáculo natural, uno de los más imponentes de la región, se ha convertido también en la escena de un crimen silencioso que amenaza con extinguir a la tortuga de río más grande de Sudamérica.
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La tataruga cumple un rol vital en el ecosistema amazónico.
Cada año, entre agosto y diciembre, miles de tatarugas emergen de las aguas para depositar entre 26 y 180 huevos en nidos cavados en la arena. Sin embargo, en comunidades como Camiaco, en el departamento del Beni, ese ciclo es brutalmente interrumpido.
Se estima que allí se comercializan hasta tres millones de huevos al año y un centenar de ejemplares adultos. Los traficantes no solo desentierran los huevos: muchas veces matan a las madres antes de que regresen al río.
El negocio es tan lucrativo como ilegal. Cada huevo se vende a un boliviano y su precio se duplica en manos de intermediarios.
Una tataruga adulta puede costar hasta 150 bolivianos. La mercadería viaja a Trinidad y cruza fronteras hacia Brasil y Perú, impulsada por la demanda gastronómica y supuestos usos medicinales.
Aunque la ley boliviana prohíbe la captura y comercialización de fauna silvestre, con penas de hasta tres años de prisión, los controles son insuficientes. Solo en Beni se decomisan cerca de un millón de huevos al año, cifra que palidece frente al volumen real del tráfico.
Catalogada “en peligro” en Bolivia, la tataruga cumple un rol vital en el ecosistema amazónico, aportando nutrientes y sosteniendo la cadena alimenticia.
Hoy, su futuro pende de un hilo, mientras las arenas del Mamoré siguen siendo escenario de depredación y silencio.
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